los otros pasan piola

De la muerte y el olvido

Publicado: 2012-06-11

(Escribe: Alejando Lozano Tello)

Los tópicos que sirven de título a este artículo han sido motivo principal de las mejores (y las peores) manifestaciones artísticas que se han desarrollado a lo largo del tiempo. Pensemos, por ejemplo, en el Libro de libros, la Biblia, la cual opera en doble sentido a este respecto: no solo el personaje más importante, Jesús de Nazareth, logra vencer a la muerte, derrotar el enemigo invencible de la humanidad, sino que la realización misma del texto intenta ser garante de que la memoria de sus hechos se conserve y difunda. Instituciones jerarquizadas aparte, vaya que lo ha logrado.

En el caso particular que nos atañe, las circunstancias políticas que nos rodean actualmente, estas consideraciones se tornan especialmente relevantes. He escuchado diversos analistas capitalinos señalar que el presidente Humala está en el gobierno un poco siguiendo la lógica de su Hoja de ruta (sic), debido a que el 70% de la población votó en contra, en la primera vuelta, de la visión estatista que representaba su Plan de la Gran Transformación. Me permito discordar amigablemente.

Analizar así los términos sería decir que ese 30% que votó en primera vuelta por el ahora presidente leyó, se informó por los medios, etc., de lo que esa “gran transformación” implicaba en términos económico-políticos, lo cual es un tanto indefendible, siendo como es que la mayoría de las poblaciones que votaron por él pertenecían a los estratos más marginados de nuestra población, casualmente los mismos que hoy le reclaman su viraje. Salvada esta primera falacia, es necesario precisar que las elecciones en el Perú suelen tener un contenido más psicológico que ideológico. Ejemplos de esto abundan. Es por ello que es en ese aspecto en el que hay que buscar las razones del voto, y no el de las discusiones geopolíticas que gustan de compartir los politólogos televisivos.

¿Qué implicaba esa “gran transformación”, rivalizada con el alanista “cambio responsable”? ¿Cuál era el espacio o el comportamiento o la forma de gobernar que había que transformar? Aquella que, a los ojos de estos votantes, había permitido que el “crecimiento económico” les diera la espalda, celebrara su éxito frente su pobreza, bailara la consabida “la vida es un carnaval” de los años anteriores. Es decir, se debía transformar la marginación en inclusión.

No concuerdo con aquellos que plantean que el Humala del proceso electoral es intercambiable con los líderes antimineros actuales, que utilizan el discurso ambientalista para jalar agua a su molino. Por una sencilla razón. Sabemos que los problemas medioambientales no son recientes en nuestro país, que incluso se han dado constantes perjuicios para la salud de la población en anteriores periodos, y sin embargo, en ninguna de esas ocasiones el movimiento antiminero tuvo tanta acogida y poder como en los tiempos que corren. Humala debía ser quien resarciese dichos entuertos y, más aún, podía hacerlo. Creo que su viraje no ha generado tanto malestar en estos sectores por el contenido político y económico del mismo, sino por el sentimiento de que aquel que debía ordenar la casa no solo se solaza en el desorden, sino que vive encerrado e indiferente… en el Twitter. Y pasa lo mismo de siempre: aquel que se afanaba hasta la afonía por un voto, que tragaba como el que más cualquier cuy chactado que le pusieren enfrente, que se vestía de trajes típicos de ambos sexos y fruncía el ceño indignado y amenazador, hoy se viste de terno y viaja, claro, fuera del país. Hoy es incapaz de establecer un diálogo como antes, de convencer como hiciera, de perder la voz en el intento. Los ha olvidado, ya no los necesita.

Un manejo más inteligente le haría ver al casi doctor Humala que acercarse a esta población no es muestra de debilidad, sino de poder. Lograr, antes que su imagen termine de deteriorarse, que cuando menos una parte de ese sector vuelva a su redil sería una victoria política importantísima. No sería ya el gobierno (otra vez) que se olvida de los pobres, sino el que gobierna con ellos. Le tuvieron confianza en algún punto, podrían volver a tenerla: sentir que son visibles ante los ojos de quien maneja (o al menos intenta) los hilos de este país. ¿Será tan difícil decir “tú votaste por mí, yo soy como tú, yo no permitiría que pase algo malo”? En lugar de aprovechar ese caudal inexplotado para el resto de políticos, esa confianza, se deshace de él a la primera ocasión. Si pretende gobernar la línea del silencio, probablemente otros tomarán su voz.

Otro aspecto a mencionar es referente a la segunda vuelta. De nueva cuenta, no fue un tema económico el que primó, por más que se repita la misma canción cien veces. Lo que hizo a Humala jurar y perjurar fue la desconfianza de la población que no votó por él: todo discurso de tono autoritario tiende a generar inevitables reticencias (y simpatías) incluso antes de una evaluación profunda del contenido de este. Humala juró por la democracia, y eso es lo que ganó en las elecciones. No ganaron de este modo los ppkausas que pedían referéndum para que entre su candidato a la segunda vuelta, no ganó Toledo, no ganó el pragmatismo “eficiente” de Fujimori (comprando a todos los actores políticos… así cualquiera), no ganó Humala como político. Ganaron quienes aun saltándose los riesgos económicos que se decía correríamos votaron por él. Y la democracia implica diálogo. Ese diálogo que no se daba en el gobierno fujimorista, donde la impunidad y la muerte, la corrupción y los medros fueron su marca de la casa. No por nada fue tan decisiva en la última etapa aquella frase de “nosotros matamos menos”.  Se votó en esa segunda vuelta contra esas muertes o, en quienes marcaron la K, obviándolas de su análisis.

Hoy ya tiene este gobierno 12 muertos. En menos de un año. Los olvidados siguen sin ser escuchados. Keiko Fujimori felicita a Valdés.


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Perú de Ciudadanos

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